
El plan de Dios sobre nosotros está relacionado con la paz, la satisfacción de nuestras necesidades, la salud, la alegría, el encuentro y el disfrute, entre otras tantas maravillas. Sin embargo, el mal está presente en este mundo y se manifiesta con experiencias contrarias al plan divino original. Para los cristianos, el mal es un misterio; para otras religiones o filosofías la explicación puede ser distinta, por ejemplo, que el Universo es dual, una mezcla de luz y sombra.
Como parte de esta existencia que vivimos cada día, hoy hablaré de la enfermedad, especialmente de los síntomas de las enfermedades. La enfermedad es una realidad, a veces viene a nosotros de manera leve, apenas se hace notar con una dolencia aquí o allá, otras veces, llega pisando fuerte (con dolor, con pérdidas, con fechas límites). Yo, sin pretender dar respuestas médicas o científicas, quisiera compartir lo que he aprendido a lo largo de los años.
Estoy totalmente convencida que cuando la enfermedad se hace presente en nuestra vida, viene con un motivo. Ignoro si padecer es el plan de tu alma, o si ésa es la vía para desencarnar, no lo sé. Es muy probable que incluso no tengamos conciencia de ello. Lo que sí puedo decir es que la actitud con la cual demos frente a una enfermedad, dirá mucho del proceso que vivamos. Me explico:
1.- Mirar la enfermedad como un enemigo. Si yo miro a la enfermedad como un enemigo, algo que vino a hacerme daño, pues me defenderé y le atacaré hasta hacerle desaparecer. Puedo envenenarle (tomar medicina), puedo atravesarle con la espada (voy a cirugía), le quemo (radiación). Entro en una lucha sin cuartel y, como en toda lucha, en este enfrentamiento alguien gana y alguien pierde. Si yo miro la enfermedad de esta manera, puedo ganar, sí… y en ese caso, me curo… pero, y si pierdo yo, ¿quién gana?
2.- Mirar la enfermedad como hermana. En este caso, la enfermedad y sus síntomas, vienen a visitarme para traerme un mensaje. ¿Qué puedo hacer al respecto? Recibir la visita tal como se recibe a un amigo o familiar que trae una noticia importante. Es probable que me pida una pausa, un receso, que revise hábitos de vida y empiece una rutina distinta para comer o hacer ejercicios. Quizás me diga que el ambiente donde estoy o las relaciones que tengo son tóxicas, que me aleje de allí. También es posible que me invite a sanar viejas heridas de la infancia, a vivir mi pasión y buscar la felicidad en lugar de aceptar ciertas realizades.
La reflexión es darnos la oportunidad de mirar la enfermedad y sus síntomas de otra manera. La industria farmacéutica institucionaliza que solo los medicamentos nos darán la sanación, pero (sin quitarle importancia a la participación médica en nuestros males del cuerpo), ¿qué tal si nos tomamos un espacio y un tiempo para meditar e imaginar que la enfermedad solo vino de visita? ¿Qué tal si le escuchamos?








